La Inteligencia Artificial generativa (IAg) representada por el conocido ChatGPT hace ya más de un año que entró en nuestras vidas, desde entonces, hay quienes la quieren con todas sus fuerzas y quienes la repudian, pero todos aceptamos su inmenso poder, sin embargo, en su relación con la legalidad surgen dudas. La IAg y yo nos respetamos mutuamente, pero eso es porque soy insignificante para ella, si no lo fuera, puede que me tratara igual que los romanos trataron a las Sabinas o, si me aceptan el giro, igual que la IAg hace con las letras de Joaquín Sabina al que le tienen muy cogido el estilo.
No hace mucho asistí a unas conferencias que trataban sobre IA y derechos de autor. Algunas asociaciones de gestión han descubierto que esta nueva tecnología representa un peligro para los derechos de propiedad intelectual ya que sus motores de aprendizaje ‘raptan’ todo lo que pillan a su paso sin atender a fronteras ni a leyes ni, por supuesto, a derechos de creadores y/o distribuidores. Medios tan poderosos como The New York Time se han visto afectados y hace poco saltó la noticia de la denuncia que puso este periódico contra OpenAI y otras empresas. Y es que para la IA todo vale con tal de aprender, por eso en estas conferencias a las que asistí alertaban de la necesidad de vigilar a la IAg para saber qué sabe y qué no de los trabajos de creadores particulares (músicos, artistas plásticos, escritores, guionistas…) que inevitablemente se verán obligados a iniciar largos y costosos juicios contra las empresas propietarias de la IA, algo que se agravará por la falta de normativas que regulen esa actividad (tan solo la UE ha elaborado una, pero su aplicación no se espera antes de 2027). En este conflicto los guionistas de televisión no tenemos nada de qué preocuparnos, pues las entidades de gestión no nos reconocen derechos creativos al tiempo que las empresas que nos contratan nos obligan a renunciar a ellos en el presente y en el futuro. Se podría decir que estamos acostumbrados a caminar ‘por bulevares de sueños rotos’.
En el artículo “Acelerar o morir” publicado por El País el día 5 de enero se habla del movimiento de desarrolladores que reclaman una libertad total de la IA sin ningún tipo de leyes o impedimentos que coarten una expansión acelerada. Según los defensores de esta libertad de crecimiento todo serán ventajas para los humanos cuando la IA controle nuestras vidas. Esto me recuerda a aquella famosa frase de los reyes totalitarios franceses: “Todo para el pueblo, pero sin el pueblo”. Y es que en cuestiones de poder y dominación humana hemos cambiado muy poco. Hay a quienes les gusta comportarse como `conductores suicidas’, sobre todo con los derechos de otros.
El crecimiento de la IA es muy superior al que en su momento experimentaron las redes sociales o cualquier otro avance técnico de la humanidad. La IA se ha instalado en nuestras vidas casi sin darnos cuenta y ya estamos llenos de asistentes virtuales que nos “ayudan” en casi todo. Además, la irrupción de ChatGPT ha supuesto un cambio de dinámica para los usuarios que ahora tienen una nueva forma de interactuar con la tecnología. Resulta obvio que todas las personas que usan una IAg están también nutriéndola de aprendizajes, pero en este caso se supone que es un intercambio consentido. La IAg aprende de sus usuarios y estos pueden aprender de ella, pero cuidado con ir más allá. Al igual que al principio señalaba que hay quien afirma que la IAg no respeta la propiedad intelectual, tampoco los usuarios deben olvidar ese aspecto y no atribuirse como suyos contenidos generados por la IAg. Por ejemplo, si alguien quiere escribir ingeniosas combinaciones de palabras como Joaquín Sabina, tiene dos opciones: pasarse horas dándole vueltas al texto para buscar las combinaciones adecuadas o pedirle a ChatGPT que lo haga en breves segundos… Quien elija esta última debe tener cuidado porque si se le ocurre, por ejemplo, componer una canción con ese texto y tiene éxito no tengo dudas de que más pronto que tarde le caerá alguna denuncia por plagio. Aquí lo mejor es hacer un ‘pacto entre caballeros’, que es algo que se hace al margen de la ley, pero en donde prima el respeto mutuo.
Yo respeto a la IAg y ella me respeta, pero sé que dejará de hacerlo en el momento en el que copiarme represente un beneficio. No deja de ser una paradoja, pero si tienes éxito es probable que te conviertas en víctima. Los romanos raptaron a las sabinas porque creyeron que su poder les daba derecho a hacerlo y, además, porque ellas les podían aportar un beneficio reproductivo. Quien tiene poder, abusa de quien no lo tiene para obtener un rendimiento. Está claro que las letras de Joaquín Sabina son de interés para la IAg por su éxito.
Por tanto, si no tienes éxito, no te preocupes que la IAg no te va a copiar, pero no se te ocurra copiarla a ella para obtener éxito, porque este se volverá en tu contra seguro.
*ENLACES: «Acelerar o morir» / «Artículo sobre la Ley de la IA» / «New York Times denuncia a OpenAI»
**Cuadro «El rapto de las sabinas» Anónimo (Museo del Prado)
***Conversando con ChatGPT le pedí que escribiera algo como Sabina y este fue el resultado:

