Llevo días dándole vueltas a una pregunta: ¿a quién pertenecen los recuerdos? Mis recuerdos sobre situaciones concretas o trabajos en los que he estado, inevitablemente afectan a otras personas que puede que no compartan mis recuerdos o, por lo menos, el recuerdo principal que yo tengo de ellos…

No hay duda de que mis recuerdos son míos y de nadie más, pero las personas con las que compartí esos momentos (para bien o para mal) seguro que tienen un recuerdo distinto. Cada persona vive las cosas a su manera y a la hora de recordarlas influyen muchos factores que pueden hacer cambiar (o matizar) esos recuerdos de tal forma que, si dos personas viven el mismo acontecimiento, por ejemplo: un viaje en barco, para una el recuerdo puede ser muy agradable porque allí encontró al amor de su vida, mientras que para la otra el recuerdo puede ser doloroso, porque allí perdió al amor de su vida… Misma situación, recuerdos diferentes.

Igual ocurre en los trabajos. Hay recuerdos laborales que pueden ser negativos para unas personas, mientras que para otras serán recuerdos muy positivos. Dependerá de cómo discurrió para cada una de esas personas. El trabajo fue el mismo y las cosas que ocurrieron en él (buenas o malas) fueron las mismas, pero unos le quitarán importancia a lo malo y pondrán en valor lo bueno, mientras que otros harán lo contrario.

La paradoja es compleja pues me hace no ser dueño absoluto de mis recuerdos y no poder contarlos en toda su crudeza (o su lindeza). Sin embargo, eso no puede ni debe impedirme expresar y valorar acontecimientos pasados. Creo que, para ser justo, la clave está en que mis recuerdos son míos, pero no debo incluir en ellos a otras personas, para no implicarlas. De esta forma yo puedo recordar mis recuerdos tal y como yo los recuerdo.

Por cierto, ahora me viene al recuerdo la primera reunión de escaleta de un programa que presentaba Concha Velasco. Gracias a su inteligencia y elegancia en el momento preciso ella dijo una frase (de un texto de Zorrilla) que resultó premonitoria: “Para la justicia Dios y para la verdad el tiempo”. Y es que no hay que preocuparse tanto por los detalles, porque el tiempo (y Dios) pone cada cosa en su sitio. 

@carlosTMzeta