Hace ahora 20 años que empecé a trabajar en “El diario de Patricia” (EDP), un programa que no dejaba indiferente a espectadores ni a invitados, y tampoco a los que allí trabajamos.

Recuerdo que en el verano de 2004 (del 23 de julio al 18 de agosto) tuve mi primer contacto laboral con “El Diario de Patricia” -que en formato veraniego se llamaba “El diario de Verano”-. Me contrataron para hacer una sustitución de guion. Yo conocía el programa y el programa me conocía a mí. En enero del año 2002 me entrevistaron para un puesto de guionista, no me cogieron, pero me llamaron para trabajar en Telemadrid en un programa que iba a empezar la productora. Dos años después llegué aquel verano con muchas ganas.

Lo primero que me sorprendió fue la rapidez y la intensidad a la que todo sucedía, así como la tremenda efectividad del equipo. Si una hora antes de empezar se caía un invitado, eran capaces de encontrar cinco nuevos casos (impactantes) que podían llegar al plató en tiempo para participar en el programa. En una zona de la redacción que llamaban “el murete” se reunían para tomar decisiones y en tiempo récord ya estaban los nuevos casos en marcha.

Era un equipo en el que no había fisuras y todos los departamentos trabajaban en un mismo sentido. Nadie ponía problemas por darlo todo y todo el tiempo que hiciera falta. El trabajo era duro, muy duro, sobre todo para la redacción, lo que hoy se llama ‘equipo de casting’, en aquel momento eran redactores y redactoras abnegados y con una infinita capacidad de trabajo.

De aquel verano recuerdo un caso que me dejó muy impresionado, era el testimonio de una señora que quería pedirle perdón a su hija. Esta no sabía qué iba a pasar en el programa, pero tenía sus sospechas. Normalmente quien tiene cuentas sin resolver con el pasado (o graves heridas en él), cuando va a un programa así imagina a quién puede encontrarse, por eso eran tan frecuentes las caídas de última hora. En aquella ocasión la madre contó su testimonio y grabó una carta-mensaje dedicada a su hija. Este tipo de recursos (carta-mensaje) los escribíamos en guion, pero poniéndonos en la piel de los invitados, conseguíamos empatizar con ellos (gracias a las fichas que escribían en redacción). Los invitados leían la carta y se les grababa el audio. Nunca nadie (estando yo) nos recriminó haber puesto algo improcedente en esos textos, conseguíamos identificarnos con sus sentimientos y sus objetivos de una forma increíble. Tras leer (y escuchar la voz de su madre) la hija contó su versión y le dijo a la presentadora que no iba a perdonarla. Ante la pregunta de si permitía que su madre entrara en el plató, la hija dijo sí. La imagen de esa madre de rodillas llorando y pidiéndole perdón a su hija fue un momento que no olvidaré por la fuerza, la verdad y la dureza que transmitía, así como por el dolor de esa madre rogando el perdón y la determinación con la que la hija se lo negaba.

En aquel momento yo llevaba ya muchas horas de televisión (y había hecho testimonios muy duros y complicados), pero nunca había participado en un programa tan impactante como aquel. Allí sucedían cosas que solo podían ocurrir en la intimidad, sin embargo, en aquel plató se vivían de forma cotidiana.

Cuando en 2005 me ofrecieron incorporarme al equipo de EDP como guionista dije que sí, pero esa ya es otra historia…

carlosTMzeta

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