¿Tienen las personas que trabajan en la tele miedo a decir o hacer ciertas cosas por las posibles consecuencias? Hace tiempo que lo sospecho, pero noticias recientes me animan a plantearme: ¿hay miedo en la televisión?

Hace poco se desveló en “De Viernes” el supuesto motivo por el que Agustín Bravo perdió su espacio en Canal Sur (“Bravo por la tarde”). Hay que añadir que eso no le afectó solo a él, también cayó su programa, el equipo que lo trabajaba y la empresa que lo producía (que era la misma del programa “Tómbola”). Si es cierto lo que dijo Julián Muñoz en su entrevista póstuma, parece que hay motivos para tener miedo. Lo tienen los presentadores y presentadoras, porque saben que si su programa (o ellos mismos) dejan de gustar a la audiencia, a los directivos o a alguien con poder, su trabajo peligra.

Resulta obvio pensar que también los famosos tienen motivos para temer a la tele, porque si un programa (o más de uno) habla mal de ellos pueden hundir su carrera, basta con que le tachen de gafe, de antiguo, de aburrido o simplemente que se filtren cuestiones íntimas como deudas o infidelidades para que una celebridad deje de serlo. Por ese motivo hay quienes llaman a los programas o a sus directivos para quejarse. En el fondo esa puede ser una manifestación del miedo que sienten.

A la televisión también le tienen miedo los políticos. Todos hemos visto programas que se dedican a burlarse y a dejar en ridículo a unos o a otros y eso no debe ser agradable para quienes gobiernan o aspiran a hacerlo, quizá por eso algunos se obsesionan por controlar a las televisiones y a sus profesionales. Esto nos podría indicar que los dirigentes empresariales del audiovisual tampoco se libran del miedo.

Evidentemente, siempre que hay miedo es porque alguien lo provoca, con lo cual en la tele hay quien disfruta y se beneficia del miedo ajeno.

Si personas con tanto poder tienen motivos para tenerle miedo a la tele, los que no tenemos ningún poder debemos estar en continuo peligro, aunque no seamos conscientes de ello. No es un miedo intenso e irracional, pero si es algo que fomenta el silencio y la autocensura, por ejemplo, nadie o casi nadie reclama las horas extras trabajadas en los programas. Ese miedo también impide empatizar con quien sufre alguna injusticia. A Agustín Bravo lo conocí en febrero de 1999 en una gala de Canal Sur que él presentaba junto con Irma Soriano y en la que yo era guionista. Mas tarde, en septiembre del año 2000, trabajé en el arranque del programa “Bravo por la tarde” de Producciones 52. Agustín Bravo era y es un buen profesional y no se merecía que le hicieran algo así, pero ¿quién se lo merece? Me doy cuenta ahora que cuando en 2003 le quitaron el programa yo no le llamé, no me interesé por los motivos de su final ni por cómo se sentía, claro que tampoco nadie me llamó a mí cuando a finales de 2001 me vi obligado a dejar Producciones 52. Así es la tele, nos abandonamos los unos a los otros y quizá por eso el miedo gana terreno.

La televisión no es un entorno sano (sobre todo en el aspecto mental), porque se vive con un exceso de estrés, precariedad y competitividad, así como rodeado de envidias y egoísmos. Además, es fácil que a cualquiera le cuelguen el cartel de “muerto” y automáticamente nadie le llame para ningún trabajo.

Sí, creo que en la televisión hay miedo, porque lo hay a decir la verdad, a reconocer los errores propios, a asumir responsabilidades y por eso muchos se aferran a versiones edulcoradas en las que la culpa siempre recae en la víctima. En el caso de Agustín no fueron pocos los que justificaban el final de su programa culpándolo precisamente a él. Culpar a quien sufre las consecuencias es fácil y cómodo y, además, sirve para (intentar) tapar los miedos propios, pero cuidado, porque en este caso se ha visto que los muertos no tienen miedo y se ven con la libertad de contar lo que les dé la gana, puede que hasta incluso la verdad.

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