Cuando la degradación es el espectáculo, el espectador está condenado a degradarse.
Una parte de la televisión y muchos medios audiovisuales recurren habitualmente a contenidos falsos, hirientes o simplemente manipulados. Esto no es algo nuevo, pero cada vez ocupa más horas de emisión. Personas con actitudes poco edificantes, sin valores e incluso sin ninguna preparación, son referentes en el espectáculo audiovisual. A pesar de eso, tanto profesionales como espectadores lo han aceptado y han permitido que se normalizara. Desde los ya lejanos tiempos en que comenzaron los ‘late night’, la burla, el insulto y el desprecio forman parte del lenguaje de algunos espacios. En paralelo se han extendido los comentarios sobre el uso y abuso de alcohol y drogas, como si fueran prácticas inocuas, cuando no lo son.
En nuestras pantallas no es difícil ver a presentadores, humoristas, colaboradores o invitados anónimos mentir e insultar sin pudor, creando o alimentando provocaciones que servirán a fines no siempre reconocibles.
De este proceso no podemos culpar a la televisión, la responsabilidad es de las personas que hacen esos contenidos, de quienes los autorizan y también de aquellos que los consumen. Por otra parte, la televisión y los demás medios audiovisuales, entre los que destacan las redes sociales y las plataformas de streaming, son el reflejo de la sociedad en la que se desarrolla, y esta (a nivel general y global) está gobernada por personas con pocos escrúpulos. Si quienes deben cumplir y hacer cumplir las leyes se dedican a fomentar las trampas, ¿qué se puede esperar de quienes solo buscan el beneficio inmediato?

Antiguamente se decía que la televisión servía para informar, formar y entretener, sin embargo, hoy día escasea la información (veraz), la formación (honesta) y el entretenimiento (sano). Demasiados contenidos audiovisuales están dedicados al fomento de la crispación y al enfrentamiento entre personas, territorios y grupos sociales. Espacios en los que se premia la degradación, por lo que esta se extiende como un cáncer, con especial virulencia entre quienes tienen menor protección cultural y/o moral.
Yo, como profesional y espectador, no estoy libre de culpa, pero no quiero seguir alimentando al monstruo. La televisión no se merece terminar sus días en el callejón de las almas perdidas.
Carlos Torres Montañez
*Imágenes. La principal: fotograma de la película «El callejón de las almas perdidas» (2021); La interior: fotograma de la película «El callejón de las almas perdidas» (1947).
